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Primera Temporada 2011

Notas: Juan Arturo Brennan

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Modesto Mussorgsky
(1839-1881)

Obertura y Danza de las jóvenes persas de la ópera Khovanshchina

En la muy nutrida historia de la ópera es posible hallar varias docenas de obras que se refieren, directa o indirectamente, a importantes hechos históricos. Es costumbre de los compositores, además, adornar estas tramas históricas con diversas narraciones personales tejidas alrededor del asunto principal por libretistas que tienen un ojo en el drama y el otro en la taquilla. La ópera Khovanshchina de Mussorgsky pertenece, en principio, a este tipo de óperas, pero tiene una peculiaridad: más que referirse a un importante hecho histórico, se refiere a los eventos previos a un momento de singular significación. Dicho de otra manera: la ópera no se refiere tanto a la ascensión de Pedro el Grande (1672-1725) al trono de Rusia sino a lo que ocurrió en el período inmediatamente anterior.

En el año de 1676 murió el zar Alexis, y su hijo Pedro tenía sólo cuatro años de edad. Subió entonces al trono un medio hermano de Pedro con el nombre de Fedor III, un tipo débil y enfermizo. Aunque este Fedor era nominalmente el Zar de Todas las Rusias, lo cierto es que no fue más que un títere de diversas facciones que se disputaban el poder. De hecho, el gobierno estuvo en manos de los Miloslavski, parientes de su madre, quienes hicieron a un lado al joven Pedro y a los parientes de su madre, los Naryshkin. En 1682 Fedor II murió sin dejar descendencia, lo que ocasionó una feroz lucha por el poder entre los Miloslavski y los Naryshkin. Los primeros querían poner en el trono a Iván, hermano de Fedor, mientras que los segundos apoyaban a Pedro. Sobrevinieron entonces las tradicionales conjuras, conspiraciones, traiciones y encrucijadas, raptos, celos, cuchilladas y demás accesorios indispensables para una situación como ésta. Durante un corto período, Rusia vivió bajo la regencia de Sofía, hermana de Iván, pero después de varios años de complejas pugnas por el poder, el que había de ser conocido como Pedro el Grande asumió el trono e inauguró una importante etapa en la historia de Rusia.

Fue precisamente este período de turbulencia previo al inicio del mandato de Pedro el Grande el que llamó la atención de Mussorgsky, gracias a la influencia del crítico de arte Vladimir Stassov. Cuando el compositor se decidió a iniciar el trabajo en su ópera sobre el tema, se metió a fondo en la investigación de los hechos históricos, acumulando tal cantidad de información al respecto que el libreto resultó muy confuso y abigarrado. Este libreto, basado en las crónicas de los llamados Viejos Creyentes (una de las facciones involucradas, por el lado religioso, en la pugna por el poder), fue escrito por Mussorgsky con la colaboración de Stassov, y resultó tan vasto que dio origen a una enorme ópera en cinco actos. Mussorgsky trabajó intermitentemente en Khovanshchina entre 1872 y 1880, abandonando periódicamente la obra para dedicarse a otros proyectos. Esto ocasionó, como en tantas otras obras de Mussorgsky, que Khovanshchina quedara inconclusa a la muerte del compositor. El encargado de terminar la ópera fue Nikolai Rimsky-Korsakov (1844-1908), a quien el mundo le debe mucho por su incansable labor como promotor de la música de Mussorgsky.

Respecto a la trama de la ópera, no está de más señalar que su título quiere decir El asunto Khovanski, y se refiere al protagonista de la obra, el príncipe Iván Khovanski, líder de los llamados streltsy (guardias o mosqueteros). Estos streltsy eran una de las muchas facciones que se disputaban el poder durante la regencia de Sofía, y su rebelión, bajo la guía del príncipe Iván Khovanski, fue uno de los hechos fundamentales en los que Mussorgsky basó su ópera. Como indispensable interés romántico, Khovanshchina tiene una sub-trama que narra los afanes amorosos de Andrei, hijo de Khovanski, por una joven alemana de nombre Emma. Así, esta enorme ópera transcurre entre las broncas políticas y los asuntos del corazón, y tiene una conclusión especialmente dramática en la que los Viejos Creyentes son sacrificados en una gran pira. Khovanshchina fue estrenada el 21 de febrero de 1886, cinco años después de la muerte de Mussorgsky, en la Sala Kononov de San Petersburgo, por una compañía operística de aficionados. Desde un principio, la versión de Rimsky-Korsakov a la ópera de su colega fue duramente criticada, porque Rimsky no sólo recortó drásticamente la obra sino que en ocasiones alteró la música para ajustarla a sus propios parámetros estéticos. Ya en los primeros años del siglo XX, Khovanshchina fue presentada en París, en versiones preparadas por Maurice Ravel (1875-1937) e Igor Stravinski (1882-1971), y hacia 1960 se publicó en la Unión Soviética una nueva versión de la obra revisada por Dmitri Shostakovich (1906-1975). No deja de ser triste que la mayor parte de la música que se conoce de Mussorgsky, uno de los talentos más originales de la historia, haya sobrevivido en arreglos y versiones de otros compositores. Quizá la intención sea buena, pero cuánto mejor sería poder escuchar su música tal y como él la concibió en su enloquecida cabeza.

 

 

Piotr Ilyich Tchaikovsky
(1840-1893)

Suite del ballet El lago de los cisnes, op. 20

En el verano de 1871 Piotr Ilyich Tchaikovsky (1840-1893) realizó una visita familiar que tuvo como consecuencia que el compositor escribiera una pequeña suite de danzas para sus sobrinos. Años más tarde, en 1875, el Teatro Bolshoi encargó a Tchaikovsky la composición de un ballet, y a partir de ese encargo algunos fragmentos de la suite escrita para los sobrinos fueron transformados por el compositor en la materia musical de El lago de los cisnes, cuyo título original en ruso es Lebedinoye ozero. El argumento de este ballet es, sin duda, uno de los más conocidos cuentos fantásticos.

El príncipe Sigfrido, al cumplir los 21 años, debe pensar en elegir esposa, casarse y sentar cabeza. La ocasión de la elección será su fiesta de cumpleaños. Después de la premonitoria aparición de un grupo de hermosos cisnes, Sigfrido se encuentra con la Reina de los Cisnes, quien le cuenta su triste historia. Ella es en realidad Odette, y bajo el influjo de un encantamiento del mago Rothbart ha sido convertida en cisne junto con su séquito. Odette sólo recupera su forma humana entre la medianoche y el amanecer; el resto del tiempo su destino es ser la Reina de los Cisnes, hasta que un amor puro y eterno la redima del maleficio. De inmediato, Sigfrido ofrece a Odette su amor eterno y se dispone a anunciar su compromiso con ella durante la fiesta. Sin embargo, las buenas intenciones de Sigfrido son frustradas por el mago Rothbart, quien tiene una hija, Odile, que es idéntica a Odette. Usando sus malas artes, Rothbart hace que sea Odile la que aparezca en el baile en honor de Sigfrido. El príncipe es engañado por Odile, y es la hija del mago la que recibe la promesa del amor eterno de Sigfrido. Después del tradicional ciclo de engaño y decepción y descubrimiento y remordimiento y recriminación, resulta que el amor entre Sigfrido y Odette es ya imposible, y la situación, irreconciliable. Sigfrido y Odette mueren en el lago, y su amor se realiza sólo en la muerte.

El libreto original del ballet El lago de los cisnes fue realizado por Begitchev y Beltzer, y la obra fue estrenada el 4 de marzo de 1877 en el Teatro Bolshoi, con coreografía de Julius Reisinger. Este estreno resultó un fracaso, y no fue sino hasta el 15 de enero de 1895 que se presentó una nueva versión, con coreografía de Lev Ivanov y Marius Petipa, que El lago de los cisnes obtuvo la fama y la popularidad de que goza hasta nuestros días, mismas que dependen en gran medida de la música de Tchaikovsky. Este reestreno de El lago de los cisnes ocurrió en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, y con motivo de la reposición, la partitura original de Tchaikovsky fue revisada por Riccardo Drigo (1846-1930), quien por entonces era el Kapellmeister del Teatro Imperial de San Petersburgo. En el estreno de esta nueva versión de El lago de los cisnes, el doble rol de Odile y Odette fue bailado por Pierina Legnani; el papel del príncipe Sigfrido fue encomendado a Pavel Gerdt y Alexei Bulgakov bailó a Von Rothbart. En la temporada 1895-1896, este singular ballet fue representado en 16 ocasiones en el Teatro Mariinsky y, curiosamente, al año siguiente no apareció en el repertorio de la compañía. Desde el reestreno de 1895 y hasta 1901, el rol titular del ballet perteneció en exclusiva a Pierina Legnani, y cuando la famosa bailarina italiana regresó a su patria, fue sustituida por una colega rusa, Matilde Kschessinskaya, quien tuvo tanto éxito como aquella bailando Odile y Odette.

No deja de ser interesante el hecho de que una obra tan famosa y conocida, tan sólidamente establecida en el repertorio del ballet clásico, sea presentada alrededor del mundo en distintas versiones. Los conocedores afirman que en Rusia (y demás repúblicas ex – soviéticas) y en Europa del Este, El lago de los cisnes se presenta en tres actos y cuatro escenas, mientras que en el resto del mundo suele ponerse en escena en cuatro actos y cuatro escenas. A lo largo del tiempo, este emblemático ballet ha aparecido con frecuencia en otros medios y en otras presentaciones. Destaca entre ellas el largometraje filmado en 1967 sobre el ballet, protagonizado por Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn. Asimismo, la escena final del interesante filme Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) presenta un fragmento de El lago de los cisnes, en una versión de Matthew Bourne que tiene el interés de que todos los cisnes son interpretados por hombres, incluyendo el cisne protagónico, que es bailado, claro, por el epónimo Billy Elliott. Y para más señas, los míticos filmes Drácula (Todd Browning, 1931), con Bela Lugosi, y La momia (Karl Freund, 1932) con Boris Karloff, incluyen en su pista sonora un fragmento de la música de El lago de los cisnes. ¿Qué diría Tchaikovsky de estas improbables e inesperadas reencarnaciones de su música de ballet?

 

 

Modesto Mussorgsky
(1839-1881)

Cuadros de una exposición (Orquestación de Maurice Ravel)
          Promenade
          Gnomos
          Promenade
          El viejo castillo
          Promenade
          Las Tullerías
          Bydlo
          Promenade
          Ballet de los pollitos en sus cascarones
          Samuel Goldenberg y Schmuyle
          El mercado
de Limoges
          Catacumbas: Cum mortuis in lingua morta
          La cabaña con patas de gallina
          La gran puerta de Kiev

No deja de ser interesante el hecho de que algunas de las obras más populares de la música de concierto se hayan hecho famosas en versiones distintas a las originales, es decir, en una concepción acústica diferente a la ideada en primera instancia por su compositor. Quizá el caso más representativo de este hecho sea precisamente la suite sinfónica Cuadros de una exposición, que Mussorgsky escribió originalmente para piano y que hoy conocemos primordialmente en la brillante transcripción orquestal realizada en 1922 por Maurice Ravel, gracias a un encargo de Serge Koussevitzky. Por cierto: ¿cuántos melómanos conocen la versión original para piano de esta obra? No muchos, a juzgar por los catálogos discográficos. De la lista de cuarenta grabaciones disponibles de estos Cuadros de una exposición solamente seis corresponden a la versión original. Más aún: es probable que la mayoría de los melómanos que aman esta obra de Mussorgsky-Ravel ignoren que existen otros arreglos sobre el original, algunos de ellos desconocidos, otros bastante populares, quizá por las razones equivocadas. Entre estos otros arreglos pueden mencionarse las versiones orquestales de Leopold Stokowski y el compositor ruso Tomoshiloff; la versión en rock del grupo inglés Emerson, Lake & Palmer; la delirante realización electrónica de Isao Tomita; la transcripción para conjunto de metales realizada por Elgar Howarth, reconocido director y trompetista inglés. Por cierto, la última de las transcripciones mencionadas ha sido objeto de una fascinante grabación, a cargo del Ensamble de Metales de Philip Jones, que vale mucho la pena de ser escuchada con atención. No cabe duda, sin embargo, que la versión de Ravel seguirá siendo la favorita del público, aún por encima del original para piano, sobre todo mientras no aparezca por ahí algún director de orquesta con el valor y la imaginación suficientes para programar alguna de las otras versiones para darle un poco de variedad a esta obra tan conocida y tan repetida.

La parte anecdótica de la creación de estos Cuadros de una exposición es bien conocida. En el año de 1873 el pintor y arquitecto Víctor Hartmann murió a la edad de 39 años. Poco después, el crítico de arte Vladimir Stasoff, amigo de Hartmann y de Mussorgsky, organizó una exposición con los dibujos y acuarelas de Hartmann. La visita de Mussorgsky a esta exposición fue la fuente del material musical de la versión original para piano de los Cuadros de una exposición.

Después de muchos años de ser considerados como perdidos, muchos de los cuadros de Hartmann fueron rescatados por Alfred Frankenstein, crítico musical estadunidense; sería muy interesante poder ver reproducciones de las obras de Hartmann y trazar una posible relación causa-efecto entre ellos y la música de Mussorgsky. Y después, dejando volar la imaginación y extrapolando el mismo proceso, tratar de imaginar la música que algún compositor contemporáneo pudiera crear a partir de la obra pictórica de, digamos, René Magritte, Giorgio de Chirico, Maurits Escher o Remedios Varo...

La partitura de Mussorgsky pinta diez de los cuadros de Hartmann, y las distintas secciones de la obra están conectadas por varias apariciones del promenade (paseo), tema conductor con el que el autor introduce su suite y con el que nos lleva de un cuadro a otro, de una sala a otra de la galería pictórica, cada vez con un carácter diferente. El primer promenade es marcial y definitivo, a cargo de la trompeta y los demás metales; el segundo es más pausado y contemplativo; el tercero es un poco más vivo y definido; el cuarto comienza ligero y etéreo para volverse más decisivo y fundirse con el quinto cuadro; el quinto promenade que es, en realidad, la coda de la pieza que representa el octavo cuadro, es misterioso y melancólico al mismo tiempo. Los cuadros mismos llevan títulos suficientemente descriptivos, y en algunos de ellos podemos hallar interesantes toques de orquestación y la aparición de diversos instrumentos solistas.

1.- El gnomo.
2.- El viejo castillo. Aquí, la estrella es un saxofón lírico y contemplativo.
3.- Las Tullerías.
4.- Bydlo (una carreta polaca). El lento y dificultoso andar de los bueyes y la carreta es cantado por una tuba.
5.- Ballet de los pollitos en sus cascarones. Un agitado scherzo en el que los instrumentos de aliento-madera se llevan todo el crédito.
6.- Samuel Goldenberg y Schmuyle. Se trata del chismorreo y discusión entre un judío rico (las cuerdas, declamatorias y solemnes) y un judío pobre (trompeta con sordina, siempre staccato). Según los entendidos, la violenta interjección del final de esta pieza representa la patada con la que Samuel Goldenberg despide sin mucha ceremonia al pobre Schmuyle. (Los nombres de estos dos personajes, por cierto, son invención de Stasoff)
7.- El mercado de Limoges.
8.- Las catacumbas. El viaje por estas profundidades es marcado por los metales, densos, pesados, oscuros. La nota marginal que indica cum mortuis in lingua morta (con los muertos en lengua muerta) remitía a Mussorgsky al espíritu de su amigo Hartmann a través de los cráneos en las catacumbas. Algunos consideran a esta sección como otro cuadro independiente.
9.- Baba Yaga (La cabaña con patas de gallina)
10.- La gran puerta de Kiev. En la opulenta orquestación de Ravel, los contrastes dinámicos se acentúan y podemos oír reminiscencias del promenade que ha servido como un leitmotiv a lo largo de la obra. Entre muchos toques maestros se puede mencionar el insistente tañido de una campana que acompaña toda la parte final de la obra.

Y siendo estos Cuadros de una exposición la obra más popular del catálogo de Mussorgsky, cabría preguntar directamente al público que tantas veces la ha oído, y que tantas veces la volverá a oír: ¿qué es lo que trasciende más en esta música: los desvaríos de un músico alucinado e iconoclasta que murió prematuramente a causa del alcoholismo (delirium tremens y epilepsia de por medio), la mano maestra de un orquestador agudo y perceptivo como pocos, o las atrevidas ideas musicales de un compositor netamente realista, aventurero en el plano armónico y tonal, incomprendido según algunos y sobrevalorado según otros?

Actualizado (Viernes, 21 de Enero de 2011 16:39)